La jactancia es orgullo verbalizado. Es elogio propio, alardear ante los demás de nuestros logros. Sin embargo, todo lo que realmente importa es lo que Dios piensa de nosotros, no lo que piensan los demás.

La jactancia es exactamente lo contrario de la mansedumbre y gentileza de Cristo. Pablo se negó a jactarse de su apariencia personal, poder o logros. En cambio, señaló que su fuerza era una fuerza oculta, desapercibida para el mundo pero divinamente poderosa (2 Corintios 10: 3-4).

Pablo usó su autoridad dada por Dios, no para destruir, sino para edificar (2 Corintios 10: 8). Dió informes sobre la obra misionera que había realizado, no para presumir de lo que había hecho, sino para mostrar lo que había hecho por la gracia de Dios. Sin lugar a dudas, Pablo sabía que “el que quiera gloriarse, sólo debe gloriarse de lo que ha hecho el Señor” (2 Corintios 10:17).

Isaías previó un día en el que “el orgullo será abatido y sólo el Señor será exaltado” (Isaías 2:11). El espíritu orgulloso y jactancioso de Satanás un día se humillará y nadie se atreverá a jactarse contra el Señor.

“El que se gloríe, gloríese en el Señor” (2 Corintios 10:17 NVI).